Roberto Adames: Los Instintos Primarios de la Materia

Publicado en por robertoadames

 

Manuel llibre

Manuel Llibre Otero 

Roberto Adames abandonó el intento de suicidio para cometer un crímen en contra de su propia ausencia. Cuando se desmitifica esa ausencia que separa al hombre de los múltiples dioses que deambulan por los universos creados,  aparece el poeta, como una partícula recién nacida donde antes la nada reinaba con su encierro de todas las cosas. 

La partícula es fugaz, porque si no lo fuera, no existiría la esperanza de la creación, la desaparición de la partícula, la breve existencia del hombre, confirma el carácter fugaz de la vida como el elemento vital de su continuidad. Entre la premura y el miedo que causa la desesperación del único instante que vivimos, está la sensibiliad. Solo ella, la sensiblidad, crea un espacio de convergencia para salvarnos de la soledad que causa el sabernos dueños de una sola angustia, la que nos nombra antes de nacer como seres condenados a desaparecer. 

En ese momento de angustia, Roberto Adames escribe “lo único cierto es el asombro”, entonces nos damos cuenta de que escribiendo, el hombre intenta trascender su propia condena. La sensibilidad del ser humano crea un espacio que se resiste a lo fugaz, crea la literatura, y ésta, a su vez, se vuelve eterna cuando logramos entender su sentido de pluralidad. De lo escrito, de nada nos servirá la furia, el orgullo, la admiración o la soberbia, la poesía solo permite merecerla. 

Despojado de esa pesada vestimenta que es el miedo al olvido, Adames inicia este viaje buscando la belleza del hombre desprovisto ya de cierta furia, de cierta violencia que antes aparecía como la lanza necesaria que hería el costado de los incrédulos. En “Partículas fugaces”, Roberto Adames es ahora otro, ya no juzga ni golpea, prefiere esperar a que abran las celdas de la incertidumbre y entonces, iniciar sus preguntas vitales, a veces hirientes, acerca del amor, del ser humano, de la tierra que pisamos o del universo que apenas imaginamos como cierto. Al inicio encontramos en el poema “Partículas Fugaces II”: 

“Heme aquí   sólo

Sin máscaras

A la espera de que se derrame

Mi delirio ya sin bordes”

 

Roberto Adames sabe que ya nadie podrá ejecutarlo y que no puede suicidarse, pero que  tampoco nadie lo indultará de su responsabilidad de mostrarnos a ese otro, herido por el frío del mundo y por la luz clara de las montañas; no es posible savarse. Acto seguido se descubre la belleza detrás de la materia, aunque (me salven todas las almas), quizás pueda conseguir el perdón a través de la “Persistencia” de la poesía: 

“Nosotros a quienes la piedra no escucha

Ni nos otorga su perdón ni nos alumbra con su muerte

Por eso fecundo estas ruinas  y me digo:

Sé paciente:            

El ser ganará”

 

La relación con la fugacidad domina su trato con los hombres, y se siente al leer su poesía que, en efecto, demuestra que todo recorrido poético es un recorrido vital por definición y en este sentido, en su poema “Llueve”, la angustia de lo efímero queda manifiesta al unirse a la naturaleza misma, arquitecto y director, dios y consagrador de la levedad, de lo pasajero, del indolente estado de cambios:

 

“Todo por defender mi derecho a vivir efímero de la eternidad

No la eternidad del mármol de los templos

Si no la que habita en el polvo que un día  fue besado”

 

Adames utilizará la idea de lo breve, la habitación prestada del instante, como un compás para delimitar sus hallazgos, los hitos que irán generando los textos o bien los poemas que al final se convertirán en hitos, ese asombro que declaró como lo único válido le dejará “Absorto”:

 

Y al final

Hay un túnel voraz como la nada

Y tan infinito como una oración” 

 

El poeta busca un ser que pueda escapar al letargo, un verso que pueda salir del encierro de la materia y divida el instante, aunque, como todo lo vivo, sea de una existencia fugaz, un poema como “Dulce Siamés”, implica tomar una postura y, como debe ser, la posición del poeta nunca es la más benévola, sino aquella que la vida le urge tomar:

 

“Elijo

Tomo la forma mas cómoda del miedo

Y me hundo”

 

El poeta le va dando forma a esa ruta que ha tomado, a pesar de saber que, quizás, sólo será un desvío, una variante que suma a su universo poético y que a su vez recrea el universo de la gran e insoportable carga de la mortalidad. Esta desesperación humana es lo que arruina muchas veces nuestra pequeña existencia y entonces el poeta quiere llamar nuestra atención en esos segundos, para que lo breve, lo inmediato, no se convierta en cárcel para nuestro devenir. El hombres un ser primario y soberbio, extiende su dominio sobre todo, pero es una vana ilusión, todo se aniquilará, el tiempo, ese sueño que todos soñamos, se encargará de desnudar nuestras ilusiones, como en “ Cuerpos Desnudos”:

 

“Apilo voces             una sobre otras

Como  cuchillas referenciales

Cuerpos grises dolorosos y muertos

Cuerpos que van por un túnel a morir la vida

(Aquí hay tanto de misterio como de vicio)”

 

Pero también existen otras cárceles, como la ciudad misma, esa que según Adames, habita en nuestro interior, y están también las cárceles que vivirán siempre dentro de nosotros, como la escuela y el parque, el trillo y el paso de los ríos, y también nos encarcelarán las sombras y la brisa fresca debajo de los árboles. Y es que la fugacidad nos obliga a ser menos partícula y mas ideas, porque el cuerpo no existe más allá de lo obvio, de lo visible, de lo obligado. El hombre y la mujer buscan en la poesía un alimento para saciar su soledad, como un perverso alimento al que acuden morbosas las muchedumbres. 

Pero burlar la cotidianidad es una proeza difícil, hay tanta gente incapaz de vivir su fugacidad y sus respuestas, que están presos del agua como en una cárcel de carne y hueso, y es allí donde Roberto Adames acude, se encierra a sí mismo en aquella cárcel humana y  recurre a lo único que conoce como válido para escapar, la fuga solo es posible si cava un profundo túnel de versos, una alta escalera de ideas y palabras robadas al éter que pueda rebesar la elevadas alambradas del miedo a vivir.

Creo en la verdad de que el hombre a cada instante es otro, diferente, múltiple; es por esto que cada hombre posee su segundo, su minuto, su hora....su instante. Este instante del hombre bien podría ser para muchos un poema, una palabra, una bala o una espada y por qué no, un arpa, como en “Letargo del Arpa” se descubre:

 

“Entonces el poeta se eterniza contemplando

Las almas y las cosas”

 

“Partículas Fugaces” es un libro de esos que tienen una responsabilidad subyacente, tienen que tratar de unir los rápidos pedazos de vida, los fugaces fragmentos de los detalles que apenas logramos identificar, para que el espectador pueda formarse una idea de la totalidad. El poeta no quiere provocar la angustia, más bien quiere interrogarse a sí mismo sobre sus sentimientos, sobre las emociones que estos pedazos en movimiento le producen, se concede el tiempo necesario para ello, toma su distancia y entonces ataca, acosa el texto con sus imágnes y nos hace partícipes de sus nuevas reflexiones. Enseguida nos damos cuenta que más importante que el hombre detrás del libro, es el hombre que nombra las cosas del mundo, que manipula la materia y nombra lo visto, lo vivido, con palabras humanas. Entones el hombre se convertirá en verdadero hombre cuando el arte que hace lo nombre, mientras tanto, es apenas un deseo, la necesidad de que los otros reconozcan su angustia, su debilidad ante el frágil paso de las horas.

 

“¿Quién  edificará esta lluvia desde una ventana cerrada?

¿Quién de  repente hace que las piedras sean palomas y los peces agua en la memoria?”

(“Oquedades”)

 

En su famoso poema “Qué se ama cuando se ama” el poeta chileno Gonzalo Rojas escribe: “y no hay mujer ni hay hombre sino  / un solo cuerpo, el tuyo, / repartido en estrellas de hermosura, / en partículas fugaces de eternidad visible.”  Siente que dios es todas las cosas y a la vez en el amor hacia el hombre o la mujer amada reside alguna clase de permanencia, que hace “visible” la eternidad.  En cambio Roberto Adames me parece distinto, su poesía tiene un sabor esencial, donde las preocupaciones por el poder supremo de las deidades o la rendición a los brazos del amante, no constituyen una presencia fundamental. Dios y la amada, aparecen como símbolos apenas presentes para dignificar su humanidad, su condición terrenal, dejando claro esa situación estatutaria en “Eros Creatio Ex Nihilo”:

 

“Ni te busco ni te pierdo ni te encuentro

Tu no estas ni te has ido

Todo lo que apetezco crece y tiende hacia ti”

 

Con una lectura más detallada del libro, nos sentimos como si fuéramos subiendo por una escalera en torno a los instintos primarios del hombre y a ciertas curiosidades de la materia, de la masa, esa que pesa como contrapeso de la memoria. Su preocupación por las cosas es manifiesta y se aprovecha de ellas para cantarnos. Roberto Adames en este libro le canta a la materia, a la materia bella y extraña, dueña de encanto, memoria y tragedia. Para la Física, la belleza es técnicamente un número cuántico que poseen ciertas partículas elementales, fundamentales y, que coincidencia, que la belleza física del universo sea también la verdad de la poesía. Lo que que nos revelan estas partículas fugaces tanto del mundo subatómico, como del espacio poético, es su capacidad de generar esperanza, esperanza de crear otras partículas, otras interpretaciones, más materia cargada de belleza por descubrir. 

La obsesión de Adames por la nada. se entiende como la ausencia de materia, pero rápidamente se llena con piedras como el mármol, con creaciones humanas como la espada y, por supuesto, por el desdobalmiento de las cosas y su ausencia reflejada, que es idealmente representanda en las imágenes de los espejos. Mi predilección por el más grande de los espejos, y quizás el más vivo de todos, es compartida con el poeta Adames en un excelente texto de evocación al mar, en “Gaviota Espejada”, dejamos atrás las piedras, para realizar un vuelo a ras de agua:

 

“El mar

Ese mar que mece su vastedad y su rabia

Emancipado

Imposible sosiego abraza

 

Mar soñado y quimérico

Temible mar mal  temido que vuelve

 

Mar que acoge el rastro de todos los senderos

Mar inmenso y vasto

Mar de la memoria”

 

Roberto Adames es un poeta caribeño, americano, apertrechado en una alta montaña de sueños. Nos refiere a un origen y nos recuerda que la misión del poeta debe ser, buscar la unidad de su propia mitología (porque existe una mitología propia) para hacerla mitología de todos. Quizás no pretende abarcar la historia del hombre, pero si buscar la esencia de su espíritu. Su obra, aparentemente escrita en el encierro del clima  frío, se completa cuando el hombre abre su mundo a un libro como este, desprovisto de violencia hacia el lenguaje o de vicios innecesarios. 

El poema que da inicio y título al libro, advierte “¿Cómo has podido tú / Tatuar la edad de lo eterno?”. Ese será el único compromiso que el poeta pactará con sus lectores. Tatuar edades a las cosas, a veces con una actitud que corta como una navaja nueva, con una mirada detenida y austera otras; y la mirada a mi juicio más valiosa, aquella que reflexivamente nos cuenta de la vida a partir de su experiencia privilegiada por su particular  discurso. 

La escritura es dilatación vital, son las ansias del poeta de darle a sus ideas sabor, color, textura. Si nos salva o no de morir prematuramente, será una suerte de gracia de exceso de belleza, porque siempre la poesía será la fugaz morada de los ángeles, una brillante exhalación de la pequeña estrella del deseo, queriendo provocar todo el fuego oculto en los litorales de nuestros cuerpos, cuerpo que es una fugaz partícula donde solo el poema sopla la verdad del alma. 

 

Constanza, febrero 2004.

 

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